Un zoológico en el barrio Kilo-12
Hacer de su patio un zoológico es un sueño que Raimundo Madrigal Almanza (Mundo), un día, materializará. Solo falta que aparezcan más animales y, de seguro, este sexagenario utilizaría la amplitud del solar para crearles su propio hábitat.
Por lo pronto, algunos roedores, reptiles, quelonios y aves conviven con Mundo y Rosario, su esposa, en la casa de la calle Céspedes No. 910, al Norte de la ciudad cabecera provincial.
Pero Pancho y Pancha son sus mascotas preferidas. Se trata de una pareja de iguanas que hace más de cinco años cuidan con esmero y lograron domesticar tanto que andan por la sala, los cuartos o la cocina como si fueran uno más dentro del hogar.
“Un amigo me las trajo para que las cuidara mientras cumplía una misión internacionalista en Venezuela, eran muy pequeñas, parecían dos lagartos, estaban en una jaula de pájaros y así pasaron un tiempo hasta que crecieron y tuve que cambiarlas de lugar. Hoy el macho mide más de un metro de largo y la hembra ya está esperando el nacimiento de sus crías”, comenta Mundo.
“Las iguanas se quedaron con nosotros; aunque hubo momentos en que escapaban del solar y los vecinos las traían sin lastimarlas; todos sabían de su existencia, pero ya se adaptaron al medio y ahora nos caen detrás en busca de su comida: pan, frutas, hierba y hasta arroz con frijoles, igualito que nosotros”, sostiene.
Otros animales disfrutan del afecto de este espirituano que por muchos años fue chofer de rastra, pero ahora comparte sus ratos libres con las jutías congas, las cuales cuidó desde muy pequeñas hasta que crecieron y se reprodujeron, así como las jicoteas, los sapos, los lagartos, los majaes y las gallinas…
Y mientras él se aferra a los animales, Rosario se ocupa de las plantas que completan el toque natural de este recinto.
En cualquier tipo de vasija: un cubo, una palangana, un coco seco, una maceta de barro o una lata ella cultiva malangas, helechos, begonias, lirios, crotos, rosas, mariposas y una amplia colección de orquídeas traídas del lomerío, del monte o de cualquier otro rincón de la isla.
“Para lograrlas, a uno tienen que gustarle, porque si no les demuestras amor, durante el riego o cuando las cambias de un sitio a otro, entonces no prosperan. Las plantas requieren de tiempo y atenciones, hasta que se adapten al lugar sin exponerlas totalmente al Sol o la sombra”, dice Rosario.
En el patio de esta casa hay una magia que contagia, un ambiente diferente que invita a meditar bajo la sombra de los árboles frutales: mango, guayaba, cacao, marañón, chirimoya y coco, que contrastan con el aroma de la flor de la mariposa blanca, una fórmula que solo ellos saben descifrar; aunque también sus hijos, en sus propios hogares, exteriorizan el interés por los animales y plantas.
Una humeante taza de café, antes de la despedida, complementa la estancia en el lugar y la promesa de volver para conocer las crías de Pancha, la iguana, que deben salir del nido en los próximos días, para que la familia sea más numerosa.(Fotos: Vicente Brito)
En la finca Tenedores ubicada cerca de la localidad de Pojabo, al sur del municipio de Sancti Spíritus, Julio Remedios encontró un día, labrando la tierra, un objeto tallado en roca silícica de color blanquecino amarillento y un tamaño aproximado a los 7 centímetros, una obra de arte en miniatura.Lejos estaba de imaginar el campesino que la pequeña estatuilla colgante en forma de ave (al parecer una cotorra o un pelícano poco estilizado) constituía un ídolo ornitomorfo, algo así como una deidad adorada por los aborígenes, antiguos habitantes de esa región.Gilberto García Castro, promotor cultural del Museo Provincial de la Naturaleza y El Hombre, institución que exhibe de forma permanente esta pieza, explicó a Escambray que se trata de la primera de este tipo hallada en la provincia, con alto valor cultural como muestra de las creencias practicadas por nuestros antecesores.Dijo que al parecer la figura en forma de cotorra servía de colgante a los aborígenes, y su afición obedece al hecho de constituir esta ave un alimento esencial para los agricultores y ceramistas, quienes además cazaban, pescaban y recolectaban a fin de completar su dieta, y si le rendían culto a las aves la caza, suponían ellos, sería más abundante cada día.Cuenta el especialista del museo que cuando en 1513 Pánfilo de Narváez llegó al sitio Carahatas, al norte de Villa Clara, y permaneció allí por varias semanas en compañía de los indios de aquel lugar, se comieron unas 5 000 cotorras; algo creíble, si se tiene en cuenta que entre estas y los papagayos había suficientes en nuestros bosques como para utilizarlas de alimento, pero además se conoce que los aborígenes las criaban como aves de corral.